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  • Eilyn Lombard

Diario de las estaciones: antes que acabe abril

Actualizado: abr 23

Acabo de grabar mi lectura de un segundo fragmento de la "confesión" de Heberto Padilla un 27 de abril de 1971. Hay, en prestar mi voz a esas palabras, una especie de pacto entre el pasado y el presente, entre su miedo y el mío, entre mi voz y las de otrxs. Les acompaño en este performance del terror y la denuncia, de la caída y lo colectivo.




Son tiempos hermosos y difíciles, de (re)formulaciones y (re)aprendizajes. Muchas de las personas que encontré o conocí en Cuba durante mi último viaje, no tenían idea hace unos años de sus posibles influencias mediáticas y políticas. El arte, la literatura, el artivismo, el ejercicio de la civilidad, son parte de lo político, tanto en un ámbito popular no letrado, como en espacios intelectuales o profesionalmente políticos.


No sé si estas personas, a quienes las circunstancias han hecho perder el miedo, son conscientes del poder político de sus declaraciones. Que el alcance de estas declaraciones sea mayor o menor, no cambia las cualidades políticas de sus actos, sean cotidianos, performáticos, o virtuales.


Escribo este blog para estar menos asustada por el futuro. Escribo de lo que puedo callar menos, no de lo que me asusta más. Escribo para mis amigxs y mis hijas, para decirles lo que no alcanzo mientras el tiempo corre. Y a veces me quedo callada. Pero trato de ser todo lo coherente que puedo. Vivo en Cuba aunque no esté, y me interesa lo político como acción de aquellos a los que no han dado una voz, pero que se autonombran y usan su voz, descubierta por sí mismos, para hablar a quienes están en el poder (parafraseando a Rancière).


Será por eso que no soporto oír hablar de lo políticamente correcto, porque lo que entendemos por política es siempre correcto, educado, aparente, y manipulador. Llamar políticamente correcto a una forma de actuar en construcción, que yerra y se rompe y vuelve a rearmarse, es una trampa del lenguaje repetida con cierta inconsistencia, que apela a malestares colectivos sobre los gobiernos opresores.


He oído decir que algo es "políticamente correcto" y siempre viene como ofensa, de personas que admiten que temen ser canceladas. Ay sí, esa otra maquinita de meter miedo (diría una antigua amiga) que es la "cultura de la cancelación". No hay tal interés (ni poder) de cancelación en quienes son acusados de políticamente correctxs. Por correctas, —mas bien empáticxs, del lado de lxs desposeídxs y marginadxs, respetuosxs de las identidades de género, de los dolores que cargan las personas racializadas, gordas, con otras capacidades...— estas personas se arriesgan a ser percibidas como amenaza. Sin embargo, lo que veo cuando les leo, lo que pretendo cuando el miedo me deja ponerme de su lado y critico o denuncio lo que creo incorrecto porque lastima a otrxs que han(hemos) sido siempre lastimadxs, es una oportunidad de reconocer nuestrxs prejuicios y temores.


Duele, sin embargo, encontrar declaraciones de principios, autodefensas y defensas ante lo que se percibe como agresión de otrxs, que lanzan de vuelta la acusación de querer cancelar, allí donde apenas se señala, porque no se tiene el poder para acallar, ni la intención de hacerlo porque sí, sino de explicar y construir juntxs otras posibilidades.


Mientras presté mi voz a las palabras de Padilla, asustada y convencida de la importancia de ser muchas voces para una sola confesión, pensaba en si quienes cierran sus muros, blogs o puertas, dejan acaso una ventana desde donde mirar a lxs otrxs, o se recogen avergonzados de haber cometido un error que no quieren reconocer en público, o simplemente pretenden que se olviden sus declaraciones.


Así que dejé mi voz allí, dos veces, con miedo de que esa confesión tomara cuerpo, de que ese dolor o burla, tomaran cuerpo.





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