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  • Eilyn Lombard

Diario de las estaciones, para qué

Otra vez una tormenta de nieve. Han apilado montañas de nieve en la acera de enfrente. El balcón se ha llenado de blanco, y de pisaditas de gorriones que intentan escaparse del frío, o no sé. Hace una semana yo estaba mirando el mar rebelde de la Habana. Hace dos semanas, era el apacible atardecer que se repitió durante casi cuarenta años en el Muelle Real de Cienfuegos. Hace poco más de dos meses, como si fuera ayer o hace mil años, tenía una bandera cubana entre las manos, y estaba rodeada de cubanxs desconocidxs gritando Libertad.



Otra vez la nieve y, otra vez eilyn, dividida entre explicarse o callar.


Estas estaciones iban a ser mis historias. Un amigo me dijo que le contara fragmentos de mi vida que no le dije a nadie, y que apenas podían adivinarse en algunos de los versos de esos libros que escribí como cartas de amor o diarios de dolor y miedo.


Sin embargo, muy pocas veces, o ninguna, he podido pararme en lugares de mi pasado e hilvanar algún relato, como no fueran las confesiones que hice, en otro lugar, sobre mis leves experiencias siendo acosada o asustada por la policía política disfrazada de funcionario público. O quizás cuando dije, en medio de una estación, cómo no querían dejarme legalmente residir en este país, por mi poca habilidad al explicar las razones y circunstancias por las que me fui del mío.


Hoy fui al pasado por un rato. Estuve hablando con uno de mis primeros amores. Cada vez que me he enamorado ha sido como un primer amor. Porque uno fue el primero a quien le dije que lo amaba, otro el primero en recibir y responder mis cartas adolescentes y demenciales (mi adolescencia vino tarde), otro el primero que besé, otro el primero en dejarme ver su cuerpo y ver el mío, y después, mucho después de eso, otro fue el primero en no ver la sangre de mi himen con la primera penetración. Y después vinieron otros primeros en otras cosas que no hubo antes. Hoy estuve hablando con uno de mis primeros amores. Le decía solecito. Era todo descubrimiento, risas, poesía. Leímos los poemas más hermosos, nos escribimos poemas menos hermosos; luego lloré por él, luego nos reencontramos y ya no era mi amor, pero fuimos amigos mucho tiempo. Recordaba ese impulso de libertad, de aventura, de coquetear con lo prohibido, con el engaño. Ese primer amor-mejor amigo-por mucho tiempo hizo una corta carrera en el cine y se largó a Europa, y desde allí trabaja en cualquier lugar: vende dulces, empaqueta productos, vigila los carros del aparcamiento de una fábrica. Y un poco ha vuelto a escribir, algunas veces.


Pero esa conversación, más que las últimas veces, me llenó de tristeza. Como si fuera la constatación de la distancia que no es física, sino... el término que él usó fue ideológica.


Cada día intento rearmar la mujer en la que me he convertido. Preguntarme sobre cada decisión, retractarme de algunos exhibicionismos ridículos, como la foto de mi experiencia vegana con la quinoa salvaje, cuando hay tantas personas detenidas en mi país, algunas en huelga de hambre, otras ayunando en solidaridad. Evalúome todo: el entusiasmo por el activismo antirracial o trans, porque son realidades que no afectan mi cuerpo directamente, la cobardía con la que paso de lado ante determinadas injusticias, la depresión que me ocupa frente al terror, la ansiedad mientras quisiera disolverme en la necesidad de escribir este diario... Pero termino aceptando el amor que guía cada una de mis pequeñas luchas, aunque ese amor sea un amor pequeño, aunque sea también egoísta.


Los últimos meses, o fueron años, han sido de sentir el miedo en la piel. Los 4 trabajos que no eran suficientes para pagar dónde vivir, ese primer o segundo avión que no sabía dónde iba a dejarme, el mar, las niñas, los 3 trabajos que no hubiera imaginado hacer, el doctorado, lxs profesores, las lecturas, algunxs amigxs, lxs estudiantes, Cuba que fue creciendo y llegó hasta esta ciudad al norte que casi nadie reconoce, mis amigxs que padecen depresión y ansiedad, mis amigxs atrapadas en sus casas, las medicinas que llegaron y las que no llegaron, mis amigxs atrapadas en su país, las protestas que revolvieron el suelo de la isla y sabían a libertad (como en las películas, como en los libros, como aquí, donde ya había vivido mi primera protesta tibia y banal), los miles de presxs políticxs. El miedo al regreso, el miedo a no volver a verlas, el miedo a que me quisieran dejar allí, el miedo a que fuera la última vez que iba. Y un poco en el medio de todo eso, los miedos de vivir acá, de las insuficiencias de este sistema, de la avalancha de amigxs que dejaron de serlo por volverse ridículamente incapaces de pensar en todxs, en sí mismxs, en sus debilidades dentro de un sistema que no lxs reconoce, en sus torpes juegos para ampararse en el miedo a que lxs oprimidxs (solo por ser más oprimidxs que ellxs mismxs), quieren dividir el mundo en dos.


Mi ya no querido primer amor, no puedo volver a quererte, pero no nos divide esa palabra que usaste para asustarme. Nos divide tu falta de empatía, tu ceguera para ver el lugar del mundo donde estás, tu egoísmo, tu dañina idea de lo que es la libertad.


He escrito para que leas, seguramente, y también para el poeta que me pidió historias que no había contado antes. Y también para satisfacer mi vanidad, para regodearme en el Muelle Real donde quise devolver peces pescados al mar cuando tenía 6 años, y también donde pesqué mis primeros peces cuando tenía 20, o tuve sexo a los 23, o leí poemas en público a los 30. He escrito para que mis amigxs vuelvan a leerme, toquen aunque sea de lejos mi dolor, mi insuficiencia para gritar todos los nombres del dolor.


He escrito para eso, y para qué.



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