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  • Eilyn Lombard

Diario de las estaciones: lo frágil de la libertad

Actualizado: jul 2

por Katherine


Hoy, después de algunos años, de un libro, de amores ganados, perdidos, cerré mi perfil de Facebook. Al menos por un tiempo.


Había estado probando, en Facebook, el gustico de la libertad. Comulgué con luchas que me llamaban, en las que creo, a las que podía acompañar. Había empezado a encontrar, leve, la manera de decir o hacer algo. Por una parte, ahora tengo internet "de verdad", pero también, porque estoy lejos. Y desde lejos, a veces, el miedo se aplaca.


Pero no, no siempre.



Aún no hago público este blog, aún no sé si apareceré en él con mi verdadero nombre, o cómo haré para que al menos lxs amigxs lo lean. Así que deviene una suerte de diario, o registro de dolores.


Hace unos meses me ufané de salir a la calle con un pañuelo que decía Libertad en inglés. Era mi manera de creerme que sí, que podía. De la misma manera que cuando llegué a este país y salí por la puerta aquella del aeropuerto, un oficial me dijo Bienvenida a tierra de libertad y otro me dijo otra cosa, amarga.


Entendí de él que la libertad, aquí también, estaba asociada al sufrimiento. Justo ese día, como regalo de bienvenida, los que llevaban años viviendo aquí admitieron que "vas a tenerlo todo, pero cuesta. Aquí sí hay que trabajar".


Yo trabajé, durante un tiempo, sin sentirme demasiado libre aún. Me levantaba por la madrugada para ir a una pastelería: aprendí a hacer café en máquina, a freír papas y croquetas en colador, a hacer y virar tortillas inmensas, a preparar distintos tipos de bocaditos. También, a esperar propina, a sonreír, a hablar de cualquier cosa. Las mujeres que trabajaban allí eran muy valientes, y me enseñaron con firmeza, dulzura y burla. Cuando supieron que me había ganado una beca para estudiar en una universidad, se alegraron como se debe alegrar la familia.


Pero todavía no sentía la libertad, dependía de otros, aún. Luego fui a hacer limpieza a algunas casas, y después trabajé en una joyería, contando diamantes e inventariando piezas de reloj. Y entonces la universidad, que abrió unas puertas que yo había dejado cerradas por mucho tiempo. Entendí la libertad como el privilegio de poder enfrentar posibilidades.


Luego vino un golpe de miedo. No entender el país, sus reglas. Supe de la arbitrariedad y la injusticia, al mismo tiempo que de mis privilegios, junto a buenos abogados, y un montón de amigxs que me acompañaron. Pude ir a mis hijas, luego de demasiado tiempo. Y fue esa libertad, mínima, de verlas, al fin. Y de visitar luego otros tres países, y de poder pensar en otros viajes.


Pero la libertad es algo más. Y aún me falta, a mi pesar. Hoy he recibido este pañuelo de Krudxs Cubensi. Y lo voy a usar, mientras pueda, con orgullo. Pero desde entonces me pregunto cuán cierta es esa libertad sobre mi cuerpo. No puedo elegir abrazar a mis hijas o a mis amigas vapuleadas. O escribirlo. Y soy culpable cuando elijo callar.


La libertad asociada al sufrimiento. Cuando era niña quería ser una heroína como la de los libros de mi abuela. En esa época ella leía el diario de Tania la guerrillera. Yo quería hacer revoluciones, esconderme, atacar, defender. Yo luego no leí de más de esa Tania, sino de otra. Encontré muchas mujeres con luchas menos sonoras, pero muy profundas. Ellas me acompañaron, se fueron enlazando a mis propios poemas o sueños.


Hace unos días se rompieron todas mis ilusiones de libertad. Voy a salir a la calle, voy a llegar a la patria, si me atrevo, con este pañuelo que dice Yo me rebelo. Mi cuerpo es mío. Pero yo no sé si mi cuerpo es mío.


Reviso desde los pies hasta el pelo, respiro y creo que me tengo, que soy yo, que sigo siendo yo a pesar del miedo o porque he aprendido, al menos, lo frágil de la libertad.

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