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  • Eilyn Lombard

Diario de las estaciones: diálogos

Actualizado: 9 de mar de 2021

El de las estaciones iba a ser un diario donde dejarme transitar mientras aprendía a reconocerme en mis propias historias, siéndome ajena y cercana a la vez. En medio del camino, sin embargo, he aprendido a viajar junto a otrxs y a entender que el lugar del que me fui, vino conmigo. Así que este no es un análisis de la política que debe ser o es o será, sino un lugar desde donde me posiciono políticamente. Porque lo personal sí es político.




Me he asomado a luchas y movimientos sociales en otras regiones, sobre todo en Abya Yala. Creo que solo de quienes luchan, puedo aprender a luchar. Creo que, si no entendemos las demandas y el diálogo como procesos, no estamos yendo a ninguna parte. Siento, del mismo modo, que no puede haber una finalidad, una victoria, un derrocamiento, un se acabó. No creo en las luchas que se acaban, como no creo en las revoluciones como entronización de un poder.


¿Es posible dialogar sin esperar nada concreto de ese intercambio, más que la posibilidad de articular un discurso, de pensar juntos?


Entiendo el diálogo como proceso en el que crecemos nosotrxs, e interpelamos, exigimos, demandamos. Que no vaya a haber respuestas, no invalida el diálogo. Pero quien no dialoga, se anula a sí mismo. El Estado se anula como entidad interpelable al desconocer la posibilidad de diálogo, pero los interlocutores pueden crecer en la organización de un discurso, en la preparación política, intelectual; en el ejercicio de fundarse y refundarse como comunidad pensante, dialógica, productora.


El diálogo que espera recibir respuesta a las demandas, por el solo hecho de haberlas pedido, está jugando dentro de los patrones paternalistas e infantiles que un sistema totalizador articula: como le niñe que pide un juguete al padre autoritario, que ya ha decidido no dárselo.


El diálogo no debería tener la intención de “conseguir algo” como finalidad última, sino que debería suceder como ejercicio de autoconocimiento, de auto-cuestionamiento y de cuestionamiento y desaprendizaje dentro del espacio de una comunidad de amigues y familia, junto a otras comunidades.


Regreso al lugar del que no me fui: entre la marcha disuelta a golpes del 11 de mayo de 2019 y el estallido frente a Zoonosis en noviembre del mismo año, yo empecé a sentir que había dejado un lugar donde, aunque yo no lo supe hasta entonces, era posible articular luchas y demandas, y empezar a crecer como sociedad.


Las luchas de los defensores de los derechos de los animales abrieron, para mí, una posibilidad para creer en que habría demandas posibles de establecer frente al poder. Dos veces tuve esa ilusión: en 2019, cuando lograron rescatar animales de Zoonosis, y en 2021, cuando lograron entrar a hablar al Ministerio de Agricultura. Desde el 27 de noviembre intento enunciarlo, con mucho miedo, y dolor, pero esperanza.


Las sutilezas, las medias verdades, o medias mentiras, o manipulaciones, no cambian esos hechos. Si aún no hay una Ley de Protección Animal, o hay una ley a medias que nadie ha visto o leído, es culpa del Estado.


Si aún no hay una Ley contra la Violencia de Género o una Ley de Identidad de Género, es culpa del Estado. Los movimientos sociales, las demandas, no son responsables de la existencia de leyes, sino de detectar las carencias, y claro, de exigirlas desde dónde y en cuánto y cómo puedan. Los movimientos, que subvierten el poder patriarcal, que subvierten y desestabilizan el Estado en cuanto noción autoritaria (todos los estados y en todos los sistemas) son manifestaciones naturales del cuerpo social, un organismo vital, cambiante.


La verdad, empecé a escribir hoy porque me asusta mucho que, en las oposiciones al poder, entendido como total, nos empecemos a pensar como totalidad. Hay muchas luchas diferentes, que se entremezclan o no en diferentes niveles, pero hay algunas que no pueden opacar a otras. Y debemos reconocernos racistas, a nuestro pesar, porque es lo que hemos aprendido; reconocernos machistas, clasistas, capacitistas, porque es lo que hemos estado aprendiendo como sociedad occidental, antiindígena, civilizada, culta, tradicional.


Y yo quiero entenderme y reconocerme en mis prejuicios para poder dejarlos atrás, en mis privilegios para poder renunciar a ellos. Quiero pensar que es posible articular comunidades en movimiento, en las que las voces deben venir de quienes no han sido dejadxs hablar hasta ahora.




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